A este capítulo le llamo:
Miedos

En esta cápsula un poco más personal — que más personal, se preguntarán — les quiero contar del día en el que mi miedo más grande se volvió realidad. Un día tal cual como este, pero 5 años atrás.

Desde muy pequeña la relación con mi mamá y mi abuela fue muy cercana, muy apegada. Me costaba mucho estar lejos de ellas. @clari.violin puede dar fe de cuando lloraba a las 12 de la madrugada en su casa en medio de una pijamada para que me fueran a buscar. En medio de mi cabeza ansiosa, cuando me sentía físicamente lejos de una de ellas, siempre imaginaba situaciones en las que algo catastrófico pasaba y yo no estaba cerca. Para ayudar, para acompañar, para qué exactamente no sé — pero mi miedo básicamente era ese. Que pasara algo y yo no estar.

El 13 de abril de 2021 hice una llamada a mi casa mucho más temprano de lo normal. Mi mamá y mi abuela ambas tenían covid y quería saber cómo estaban antes de comenzar el día. Con esa misma llamada mi mundo se derrumbó. Mi abuela me atendió en medio del caos y me dijo entre gritos y llanto algo que sonó como «tu mamá está muerta». En medio del desespero, de su propio dolor. Gracias a dios y en contra de toda recomendación, una vecina a la que le debo todo y más bajó a acompañar a mi abuela y a ver qué se podía hacer. Trancaron la llamada de forma abrupta y sin más información quedé colgada por lo que serían quizás media hora, aunque la verdad es que no sabría dar un tiempo exacto — para mí ese momento fue eterno. Y en medio de todo lo que pasaba por mi cabeza, llamó mi tío, confirmando que mi mamá había fallecido.

Y así mi más grande miedo se volvió realidad. Mi mamá, el ser más importante en mi vida, esa persona que fue mi mamá, mi papá y mi mejor amiga, murió y no estuve con ella. No pude despedirme. Y como si nada, de un momento a otro dejó de estar físicamente en mi vida. No más llamadas. No más abrazos. No más «hija te amo.»

En medio de una situación tan fea y tan dura, donde los cuerpos eran cremados por el virus y el riesgo de contagio, logramos enterrarla como ella quería. Con su pijama de Mickey. Lo único que le quedamos debiendo fue la Coca-Cola — porque sí, mi mamá era tan icónica que quería que la enterraran con un pijama de Mickey muy específico que tenía y una botella de Coca-Cola. Poder complacerla con ese último deseo significó muchísimo para toda la familia, por estúpido que suene.

El consuelo que hasta este día tengo es que aprendí a decir te amo todos los días antes de que fuera muy tarde. Que siempre le dije lo mucho que era para mí, lo valiosa que era y lo mucho que la necesitaba. Que la noche antes de migrar dormimos juntas tomadas de la mano y no nos soltamos hasta que nos dimos ese último beso, ese último abrazo. Que si en ese momento hubiera sabido que era el último, jamás la hubiera soltado.

Y sin más que decir, porque ya tengo los ojos llenos de lágrimas y un nudo en la garganta, cierro esto recordándote lo importante que es hacerle sentir a la gente que es especial en tu vida. Que las amas. Que te gusta su compañía. Que disfrutas estar a su lado. Y que nunca, nunca dejes de decir un te amo. No importa si te sientes incómodo. No importa si «no es el momento adecuado». No importa si te duele el ego. Un día no van a estar y desearás tener más tiempo, más risas, más apapachos — y no los vas a tener.